Pensamiento Crítico. Revista
de Investigación Multidisciplinaria
Año 12, No. 23, Julio – Diciembre 2026, pp. 31-44
https://www.doi.org/10.64040/mwqehp94
Construcción de una epistemología de la vida
desde la complejidad y la transdisciplina
José
Esteban Amaro Ayala
Universidad
Internacional
rectoria.faei@gmail.com
Resumen
Este trabajo aborda la
reflexión en torno a los problemas generados por ciertos conocimientos y
desarrollos tecnológicos que atentan contra la vida en el planeta. En primer
lugar, se analiza la destrucción ecológica como consecuencia del proceso
sociocultural por el que transita la humanidad; en segundo lugar, se advierte
la aniquilación de la vida física y mental del ser humano, como resultado de
ese mismo proceso. Frente a este panorama, surge la necesidad de preguntarse:
¿es posible construir una epistemología fundamentada en el respeto por la vida?
Partiendo de la propuesta de la epistemología de la vida de Raynaud de la Ferrière (1974), se plantean lineamientos para su
construcción desde el pensamiento complejo y la transdisciplina, considerando
el Triángulo de la Vida de D’Ambrosio (2005), el modelo trinitario recursivo de
Morin (1999) y la Bioética de Potter (1998).
Palabras clave: Epistemología, vida, individuo, sociedad, naturaleza y Gestalt
Abstract
This
paper addresses the reflection on the problems generated by certain knowledge
and technological developments that threaten life on the planet. Firstly,
ecological destruction is analyzed as a consequence of
the sociocultural process through which humanity is transitioning; secondly,
the annihilation of the physical and mental life of human beings is noted as a result of that same process. In the face of this
panorama, the necessity arises to ask: is it possible to build an epistemology
based on respect for life? Based on Raynaud de la Ferrière’s
(1974) proposal of a “life epistemology”, this work outlines guidelines for its
construction through the lenses of complex thinking and transdisciplinarity,
Keywords: Epistemology, life, individual, society, nature and
Gestalt
La inquietud que da origen a esta investigación surge de la observación de cómo el ser humano ha desarrollado conocimientos y tecnologías que afectan negativamente tanto a la naturaleza, como en el caso del uso de plásticos, aerosoles, combustibles fósiles; como a su propia integridad, a través del consumo de cigarrillos, drogas o alcohol—. Esto nos lleva a una reflexión fundamental: ¿cómo genera conocimiento el ser humano?, ¿lo hace en favor de la vida o en su contra?
Se reconoce que el conocimiento surge, tradicionalmente, de la razón y/o de la experiencia. Sin embargo, esto no implica necesariamente que dicho conocimiento esté motivado o guiado por el respeto a la vida. Por ello, cabe preguntarse: ¿es posible fundamentar el origen del conocimiento en una integración entre razón y experiencia, orientada por el respeto a la vida?
A partir de esta inquietud, el presente trabajo plantea la posibilidad de construir una epistemología de la vida, tomando como referencia la propuesta de Raynaud de la Ferrière (1974), y complementándola con el Triángulo de la Vida de D’Ambrosio (2005), el trinitario recursivo de Morin (1999) y la Bioética de Potter (1998). Esta construcción tiene como propósito abrir nuevos caminos que favorezcan la continuidad de la vida en el planeta y la preservación de la existencia humana en armonía con la Tierra.
El Ser humano ha generado conocimientos e inventos que han afectado negativamente el equilibrio ecológico. Ha contaminado el aire a través de fábricas, productos industriales, y sistemas de transporte terrestre, marítimo y aéreo (automóviles, camiones, buques, aviones, entre otros). También ha contaminado el agua, mediante sistemas de desagüe inadecuados y el vertido de residuos orgánicos e inorgánicos en ríos y mares. Asimismo, ha contaminado la tierra con basura doméstica, desechos industriales, plásticos no biodegradables y ciudades construidas en desarmonía con el entorno natural. Esta conducta lo ha convertido en un verdadero depredador de la naturaleza, negando sus derechos (Ferry, 1994) y poniendo en riesgo la habitabilidad del planeta (Riechmann, 2000).
Además, el ser humano ha producido conocimientos e instrumentos con el fin de agredir a sus semejantes. A nivel individual, ha creado armas como cuchillos, espadas, revólveres o rifles; y a nivel masivo, explosivos, bombas nucleares y misiles. Es cierto que en ocasiones estos desarrollos se han justificado en nombre de la defensa propia, familiar o comunitaria. Sin embargo, su potencial destructivo continúa representando una amenaza constante.
No menos preocupante es la creación de tecnologías y productos que afectan la salud física y mental del propio ser humano: alimentos nocivos, bebidas adictivas, drogas, estupefacientes y medicamentos cuyo uso puede ser perjudicial. En este sentido, también nos hemos convertido en depredadores de nosotros mismos.
A pesar de lo anterior, es innegable que el ser humano ha generado conocimientos que han favorecido su desarrollo individual y colectivo. Ejemplo de ello son los avances tecnológicos que han revolucionado la comunicación, el transporte y la exploración del universo, como la televisión, las computadoras, los teléfonos celulares y los viajes espaciales.
No obstante, si realizamos un balance entre los conocimientos e invenciones que promueven la vida y aquellos que la amenazan —ya sea en el plano humano o planetario— el panorama es crítico. La tecnología, por ejemplo, ha originado problemas graves como la contaminación por plaguicidas, los derrames petroleros provocados por empresas irresponsables, los riesgos de la energía nuclear y los incendios forestales que devastan ecosistemas completos.
Nos encontramos, por tanto, frente a una doble crisis: una crisis de la naturaleza externa —nuestro planeta— y una crisis de la naturaleza interna del ser humano. A lo largo de la historia, desde Bacon hasta nuestros días, pasando por Kant (1975), Hegel (1975), Marx y Engels (1978), se ha promovido un tipo de ciencia centrada en el dominio de la naturaleza. La destrucción del entorno se ha justificado en nombre del “descubrimiento de sus leyes”, del deseo de “arrancarle sus secretos”, o del impulso por “revelarla” (Heidegger, 1993).
En este escenario, se impone una reflexión urgente: ¿cómo produce conocimientos el Ser humano? ¿Lo hace a favor o en contra de su entorno y de su propia vida?
Los avances científicos contemporáneos, particularmente en el ámbito de la psicología y la neurociencia, han contribuido significativamente a la comprensión del funcionamiento del cerebro humano y, en consecuencia, al estudio del origen del conocimiento. En este contexto, una pregunta esencial emerge: ¿cómo produce conocimientos el Ser humano?
Esta interrogante nos lleva a reflexionar sobre una disyuntiva histórica: ¿tiene el conocimiento su origen en la razón o en la experiencia? Ambos elementos son fundamentales. La razón permite verificar la validez del conocimiento adquirido, pero necesariamente debe partir de datos percibidos a través de los sentidos. Separar uno del otro fragmentaría el proceso cognitivo.
Desde los albores del pensamiento filosófico, se han ofrecido dos respuestas clásicas a esta cuestión. El racionalismo sostiene que el conocimiento emana de la razón, considerada la facultad suprema del ser humano. En contraposición, el empirismo afirma que el conocimiento surge de la experiencia sensorial: lo que vemos, tocamos, olemos, escuchamos o degustamos. Según esta postura, la mente es una hoja en blanco que se va llenando con la información que capta a través de los sentidos. El problema surge cuando los datos provenientes de la experiencia no coinciden con los resultados de las operaciones mentales: ¿se trata de errores en la percepción sensorial o en los procesos racionales?
Ante esta tensión, algunos filósofos intentaron una síntesis. Es el caso del intelectualismo, representado por Aristóteles y Tomás de Aquino, cuya doctrina puede resumirse en la célebre afirmación: “Nada hay en el entendimiento que no haya pasado primero por los sentidos” (Hessen, 1956). Esta corriente propone una adecuación entre el objeto percibido y la imagen construida por la razón. De manera similar, Kant (en Hessen, 1956) propuso una postura crítica e intermedia al sostener que el conocimiento requiere de elementos a priori —estructuras previas a la experiencia-, pero que toda información debe ser sometida a un riguroso análisis crítico para validar su veracidad.
El racionalismo ha sido criticado por su desconfianza hacia los sentidos, argumentando que las percepciones pueden inducir al error. Sin embargo, el surgimiento de la psicología de la Gestalt en el siglo XX (Salama, 2008) aportó valiosos principios sobre cómo el ser humano percibe la realidad, fortaleciendo la idea de una integración entre razón y experiencia.
La Gestalt, inspirado en Kant, manifestó que la mente no espera a que los estímulos lleguen para organizarse; la mente ya tiene una estructura que impone para crear significado. Esta aproximación de estudiar la experiencia consciente tal como se presenta, sin prejuicios, se conoce como Fenomenología, una raíz teórica fundamental de la Gestalt. Esta escuela identificó 8 leyes de percepción, a saber:
• Ley de la Similitud (o Semejanza): La Unidad por Atributo, los elementos que comparten características visuales (forma, color, tamaño, textura) tienden a ser agrupados automáticamente
• Ley de Cierre: La Tendencia a Completar Figuras, ante una figura incompleta o un contorno no cerrado, el cerebro tiende a “cerrarla” automáticamente para crear una forma significativa y completa.
• Ley de Continuidad: El Flujo
Ininterrumpido, los elementos que siguen un patrón o una dirección percibida tienden a agruparse juntos, priorizando las líneas fluidas sobre los cambios abruptos o quebrados.
• Ley de Simetría: El Equilibrio
Perceptual, el cerebro tiende a percibir las imágenes simétricas como un solo elemento cohesionado, incluso si los elementos están separados. Las formas simétricas son intrínsecamente más estables y, por lo tanto, tienen alta Prägnanz.
• Ley de Destino Común: El Movimiento Conjunto, los elementos que parecen moverse en la misma dirección o tener el mismo destino se perciben como un solo grupo
• Ley de Inclusión/Invariancia:
Reconociendo Patrones, la mente puede reconocer una forma o figura familiar sin importar su tamaño, orientación, o si está rotada, estirada o deformada. La forma original es invariante.
• Ley de Experiencia: El Rol de tu Memoria en la Percepción, la percepción está influenciada y, a menudo, condicionada por la experiencia previa y la familiaridad.
Percibimos lo que nos resulta más significativo o conocido.
Estas leyes revelan que existe una estrecha interrelación entre experiencia y razón: la percepción sensorial es procesada mentalmente bajo estructuras racionales, dando lugar a lo que entendemos como conocimiento.
Por su parte, la neurociencia ha fortalecido esta visión integradora. Investigaciones recientes afirman con contundencia que los procesos racionales y experienciales están biológicamente vinculados en el cerebro humano. En palabras de Edelman y Tononi (2002), toda epistemología debe estar cimentada en la biología, especialmente en la neurociencia y en una teoría integral de la conciencia, que también implica a la psicología.
Si la biología se encarga de estudiar la vida celular, y la psicología la vida emocional, mental y comportamental del ser humano, entonces cabe preguntarse: ¿es posible que el origen del conocimiento esté basado en una síntesis entre razón y experiencia, fundamentada en el respeto por la vida?
Responderemos más adelante esta pregunta, pero antes es necesario justificar la relevancia de este estudio. El presente trabajo es pertinente en el contexto actual, caracterizado por una profunda crisis ambiental y una crisis en la naturaleza del Ser humano: enfermedades incurables, altos niveles de obesidad infantil, crecientes índices de suicidio y violencia, entre otros. Estas problemáticas tienen un origen común: el propio Ser humano, particularmente aquel que produce conocimiento científico y tecnológico sin considerar su impacto sobre la vida.
Por esta razón, se hace indispensable replantear los fundamentos epistemológicos desde los cuales se genera el conocimiento. Urge una epistemología de la vida, que permita a quienes producimos saberes hacerlo desde una ética del cuidado, en favor de la naturaleza y de nuestra propia humanidad.
Objetivo general:
Establecer las directrices fundamentales, desde el pensamiento complejo y la transdisciplina, para la construcción de una epistemología de la vida orientada al respeto y la preservación de la existencia humana y natural.
Objetivo específico:
Proponer un modelo de epistemología de la vida que promueva el bienestar integral del ser humano en sus dimensiones corporal, mental y espiritual.
Fundamentar, desde el Pensamiento Complejo y la Transdisciplina, la relación entre el Ser humano, su entorno y sus vínculos con otros Seres humanos y con la naturaleza, con base en una epistemología orientada a la vida, aborda la construcción de una epistemología de la vida, propuesta de Raynaud de la Ferrière (1974), desde las directrices del pensamiento Complejo y la Transdisciplina.
Teniendo en cuenta, que la transdisciplinariedad constituye un enfoque epistemológico y metodológico relativamente reciente. Surge en el contexto académico para dar respuesta a los crecientes niveles de complejidad de los problemas planteados por el mundo real, y más concretamente de aquellas cuestiones que se requieren para crear una visión que trascienda los límites entre disciplinas. La capacidad para superar las visiones limitadas en los marcos disciplinares tradicionales es la que posibilita la generación de áreas de conocimiento que operan bajo principios lógicos diferentes a las disciplinas tradicionales. En su famoso libro Manifiesto de la transdisciplinariedad, Nicolescu (1996) introdujo tres pilares epistémicos para la investigación transdisciplinar: los niveles de realidad, la lógica del tercero incluido y la complejidad.
Esta concepción epistémica busca superar el pensamiento dicotómico, reductor e hiperespecializado, con el fin de integrar e incluir diferentes tipos de conocimiento no científico. Mientras existen diferentes leyes físicas que gobiernan cada nivel ontológico de la Naturaleza (macro, meso y micro), nuestra percepción humana también tiene diferentes niveles para entender nuestra realidad. En este sentido, la Lógica del Tercero Incluido desarrollada por Lupasco (1994) actúa integrando diferentes elementos y fenómenos con un abordaje polilógico. Esto significa diferentes lógicas actuando conjuntamente en un mismo espacio-tiempo, a pesar de las contradicciones.
En base a este método transdisciplinario se va realizar esta construcción de la Epistemología de la Vida, porque su formación requiere el diálogo e integración de muchas disciplinas.
La presente investigación se desarrolló bajo un enfoque cualitativo, con un diseño metodológico no experimental de tipo exploratorio y descriptivo, fundamentado en los principios del pensamiento complejo y la transdisciplina. De acuerdo con Hernández et al. (2014), este enfoque es pertinente cuando se busca comprender fenómenos profundos desde múltiples dimensiones y niveles de realidad, más allá de las fronteras disciplinarias tradicionales.
Método Transdisciplinario
Para esta construcción de una Epistemología de la Vida, se asume el método transdisciplinario con estos tres pilares epistémicos:
1. Niveles de realidad: un primer nivel de realidad es, que la Ciencia al imponer la objetividad en la investigación, aceptaron automáticamente a nivel axiológico el principio ético de la neutralidad. Con esto se convertían en excluidos sociales (quizás cómplices) y le entregaban al Estado, a la élite gobernante, al mercado, a los empresarios, su producto (Méndez, 2000). Debido a esta causa, la Ciencia no necesariamente ha tenido un respeto y conservación de la Vida en sus investigaciones e invenciones. ¿Habrá otro nivel de realidad, en que la Ciencia produzca conocimientos e invenciones en favor de la Vida?
Figura.1.
Niveles de Realidad

Nota. Esquema elaborado a partir de la
noción de niveles de Realidad y de la lógica del tercero incluido propuesta por
Nicolescu (1994) en su Manifiesto de la
transdisciplinariedad, adaptada a la Epistemología de la Vida en el
contexto de la presente investigación.
Como bien reafirma Nicolescu (1994), cuando nos dice que “dos niveles de Realidad son diferentes si, pasando de uno a otro, hay ruptura de las leyes y ruptura de los conceptos fundamentales”. Es decir, para nuestro estudio, en un primer nivel de realidad (ver fig. 1): Principio ético de Neutralidad y el Conocimientos e invenciones con respeto y conservación de la Vida no son congruentes, ya que lo que produce la Ciencia no necesariamente es con respeto y conservación de la Vida. Por ello, se propone un segundo Nivel de Realidad: si la Ciencia asumiera como Principio ético que sus conocimientos e invenciones sean con respeto y conservación de la Vida (Epistemología de la Vida), estaríamos frente a dos realidades. Así, se puede observar que la investigación disciplinaria concierne a un solo nivel de realidad (Manfred, 2004), no es suficiente para nuestro estudio, por lo tanto, al considerar dos niveles de realidad, resulta más pertinente recurrir al método transdisciplinario.
2. La lógica del tercer incluido, como bien refiere Nicolescu (1994): Si se permanece en un solo nivel de Realidad, toda manifestación aparece como una lucha entre dos elementos contradictorios (ejemplo: onda A y corpúsculo no-A). El tercer dinamismo, el del estado T, se ejerce a otro nivel de Realidad donde eso que aparece como desunido (onda o corpúsculo), es de hecho unido (quanton) (p. 24).
Por lo cual el tercer incluido para nuestro estudio es integrar:
A: Principio ético de Neutralidad
No A: Conocimiento e invenciones con respeto a la Vida en un Principio ético de la Ciencia que toda investigación e invención sea con respeto y conservación de la Vida, así se podrá construir una Epistemología de la Vida (Figura 1).
3. Desde la complejidad, se establece un diálogo comparativo entre el Triángulo de la Vida de D’Ambrosio (2005) y el modelo trinitario recursivo de Morin (1999), integrando además los aportes de la Bioética de Potter (1998), concebida como una ciencia orientada a la supervivencia humana.
Para conseguir esto se necesita:
1. Primeramente, el tránsito desde una epistemología de primer orden hacia una epistemología de segundo orden, que representa un paso fundamental para la construcción de una epistemología de la vida. Esta transición implica abandonar la noción de un conocimiento objetivo, fragmentado y descontextualizado, propio de la ciencia clásica, para asumir una perspectiva en la que el sujeto conocer.
En la epistemología de la complejidad, Morin (2004) propone sustituir el "métodoprograma" por un "método-estrategia" que incorpore la incertidumbre, la autoorganización y la reflexividad. Se trata de humanizar el conocimiento, es decir, introducir el punto de vista del ser humano social, histórico y viviente. Al mismo tiempo, propone hominizar el conocimiento: reconocer que toda producción cognitiva está atravesada por nuestra condición bioantropológica. Así, conocer no es simplemente representar el mundo, sino transformarlo desde nuestra propia experiencia existencial. Esta perspectiva crítica encuentra sustento en la comparación que Morin establece entre los trece principios de intelección de la simplicidad y los trece principios de intelección de la complejidad. Mientras la epistemología clásica se fundaba en la búsqueda de leyes universales, la reducción de lo complejo a elementos simples, la causalidad lineal y la separación entre sujeto y objeto, para la epistemología compleja es necesario esta comparación (Tabla 1).
Tabla 1. Principios de intelección de la Complejidad
|
C |
Principios |
|
1. Sólo hay ciencia de lo general |
1. Se combina lo singular y lo local con explicaciones universales. |
|
2. El tiempo no es considerado como irreversible. |
2. Se afronta la politemporalidad: repetición, progreso, decadencia. |
|
3. Reducción o elementalidad. |
3. En lo viviente, existen interacciones entre las partes. |
|
4. Orden determinista del universo. |
4. Relación complementaria y antagónica entre orden, desorden y organización. |
|
5. Causalidad simple, externa, lineal. |
5. Causalidades endógenas y exógenas, múltiples direcciones. |
|
6. Organización basada en la separación de partes. |
6. Organización hologramática: el todo está en las partes y viceversa. También la recursividad organizacional. |
|
7. Disyunción entre el objeto y el medio ambiente. Se comprendía el objeto aislándolo de su medio ambiente |
7. Relación entre sujeto y objeto: el observador afecta lo observado. |
|
8 a 11. El ser es excluido por la formalización.
|
8 a 11. El ser existe en contextos de autoorganización. |
|
12 y 13. Verdad asegurada por lógica y verificación empírica. |
12 y 13. Validación requiere un sistema más amplio o metasistema. |
Estos principios de la simplicidad se
vinculan con una epistemología de primer orden, la cual se sostenía en dos
pilares fundamentales: el trono de la realidad empírica y el trono de la verdad
lógica. De esta forma, el conocimiento se estructuraba bajo un esquema de
control y certeza. En cambio, la epistemología de la complejidad propuesta por
Morin (2004) disuelve estos tronos para proponer una pluralidad de instancias
que dialogan entre sí.
Existe, en este enfoque, un principio
de incertidumbre que atraviesa cada instancia constitutiva del conocimiento. El
verdadero reto epistemológico no es que cada disciplina o instancia pierda su
especificidad, sino que la desarrolle lo suficiente para articularse con otras.
Estas articulaciones forman un bucle dinámico: el conocimiento del
conocimiento.
Este marco permite comprender lo que
Sotolongo C, Delgado C. (2006) denominan “causalidad compleja”, una causalidad
situada, contextual y específica. La complejidad autoorganizante
revela la paridad ontológica entre orden y desorden, estabilidad e
inestabilidad, necesidad y azar, así como la paridad epistemológica entre
predictibilidad e impredictibilidad. La comprensión
concreta de las tensiones entre contrarios solo es posible cuando se considera
el contexto en el que emergen.
En la investigación social no clásica,
esta lógica se expresa en el principio de reflexividad, que reconoce la
interacción recíproca entre la actividad del objeto investigado y la actividad
del sujeto que investiga. Esta reciprocidad transforma radicalmente la forma en
que entendemos la producción de conocimiento.
La epistemología de la complejidad se
convierte, entonces, en un fundamento para la transdisciplinariedad. Según
Nicolescu (1999), esta última surge, como lo hemos ejemplificado anteriormente,
de una lógica ternaria que permite el paso del conocimiento entre distintos
niveles de realidad y de percepción, revelando la estructura abierta e
inacabada de los sistemas complejos. Toda identidad es, en este enfoque, un
proceso de devenir, siempre en transformación.
El conocimiento transdisciplinar, por
tanto, es un proceso abierto que implica creación constante, apertura a la
diferencia y renovación de formas de saber. No se trata de una simple
acumulación de datos, sino de una experiencia transformadora que involucra
todas las dimensiones del ser humano: cognitiva, emocional, sensorial,
espiritual y corporal.
Como bien indica Nicolescu (2002), “la
educación de hoy se centra en la inteligencia humana, en detrimento de su
sensibilidad y de su cuerpo” (p. 105), una tendencia que, si persiste, nos
conducirá hacia una lógica deshumanizante de la eficacia. Por ello, urge una
epistemología que recupere la integralidad del sujeto y reencante el
conocimiento como proceso vital.
Bajo este enfoque teórico del
pensamiento complejo y la transdisciplina, se propone una metodología capaz de
orientar la construcción de una epistemología de la vida que integre el
respeto, la conciencia y la acción responsable ante la vida humana, social y
planetaria.
La transdisciplinariedad, como lo
sostiene Nicolescu (1999, 2002) constituye una epistemología viva, en
permanente evolución, que articula niveles de realidad y de percepción mediante
una lógica ternaria. Esta lógica no solo cruza las fronteras disciplinares,
sino que integra las dimensiones cognitivas, afectivas, espirituales y
corporales del ser humano. Conocer, en este sentido, es una experiencia total,
encarnada, consciente y transformadora. Morin (2004) propone una visión
integradora de ideas, saberes, métodos, epistemes, experiencias y sentidos,
subrayando que la actividad cognoscitiva humana persiste en la intención de
interconectar el conocimiento a través de bucles inter-retroactivos,
que se desplazan entre, a través y más allá de sus condiciones de posibilidad.
Esta ontología fomenta una visión integradora del mundo, donde la interconexión
e interdependencia de todos los elementos son fundamentales en el quehacer
intelectual humano, promoviendo un enfoque que incluye aspectos físicos,
biológicos, sociales y espirituales.
Este paso a una epistemología de
segundo orden, una epistemología transdisciplinaria es base para la
construcción de la Epistemología de la Vida.
2. Como segundo punto, tomando las
palabras de Edelman y Tononi (2002), que toda
epistemología debe estar cimentada en la biología, especialmente en la
neurociencia y en una teoría integral de la conciencia, se procede a construir
esta Epistemología de la Vida cimentada en la biología y la teoría integral de
la conciencia, desde el punto de vista de la Complejidad y la Transdisciplina.
A partir de la propuesta de Raynaud de
la Ferriere (1974) la epistemología de la vida para una mayor comprensión del
Ser humano: de su propia vida, de la vida de los demás seres humanos, de la
vida de la naturaleza y del mundo espiritual, primeramente, en la integración
del triángulo de la vida de
D’ambrosio (2005) y el bucle
trinitario recursivo que plantea Morin (1999) (Figura 2).
Figura 2.
Bucle trinitario recursivo Individuo-Sociedad-Especie

Nota. Adaptado de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” de E. Morin, 1999, UNESCO y de “Conocimiento y valores humanos” de U. D’Ambrosio, 2005, 2º Congreso Mundial sobre Transdisciplina, Visión docente con ciencia, Año VI, 35, Vitoria, Brasil.
El Triángulo de la Vida de D’Ambrosio (2005), compuesto por Individuo, Sociedad y Naturaleza, es complementario al bucle trinitario recursivo de Morin (1999), conformado por Individuo, Sociedad y Especie. Ambos modelos permiten visualizar la estructura relacional del ser humano como sujeto que vive en red, en vínculo constante con los otros, con su entorno y consigo mismo. En este cruce se vuelve evidente que "especie" alude a la naturaleza propia del ser humano, mientras que "naturaleza" se refiere al entorno natural general, incluyendo también la naturaleza humana.
Desde el seno de esta tríada compleja – Individuo, Sociedad, Especie– según Morin (1999), emerge la conciencia. Esta conciencia permite al ser humano comprender que todo conocimiento que daña al individuo también perjudica a la sociedad y a la especie; que dañar a la sociedad implica afectar al individuo y a la especie; y que afectar a la especie atenta contra el individuo y la sociedad. Así, esta tríada se transforma en un límite ético que orienta la producción de conocimiento hacia la protección de la vida humana.
De forma paralela, en el Triángulo de la Vida de D’Ambrosio (2005), la conciencia se expande desde el individuo hacia la sociedad y la naturaleza en general, incluyendo los reinos naturales y el cosmos. En este marco, el conocimiento que perjudica a la naturaleza también daña al individuo y a la sociedad. Por lo tanto, esta estructura también delimita la producción del saber en función de la sostenibilidad y la preservación de la vida planetaria.
Ambos modelos convergen en este punto crucial: la emergencia de la conciencia. En el triángulo de D’Ambrosio, esta conciencia se proyecta hacia la relación con la naturaleza y la
Sociedad; en el de Morin, hacia la responsabilidad del ser humano consigo mismo y con su especie.
Estos límites constituyen una ética para que el Ser humano genere conocimientos en favor de la vida, como asimismo lo expresó el gran defensor de la vida, Potter (1998), padre del término Bioética, quien lo concibe como una “ciencia para la supervivencia humana… y una nueva disciplina que cambiaría el conocimiento y la reflexión” (p. 32). Dicha supervivencia no es independiente de la naturaleza, sino que hace parte de ella; esta definición es la búsqueda permanente de sabiduría y, a partir de ella, posibilitar dicha supervivencia. La Bioética, no sólo ha de favorecer al individuo sino debe trascender en favor de toda la humanidad. La Bioética Global de Potter ha resaltado la importancia de enfrentar los desafíos de la supervivencia humana mediante un replanteamiento de la responsabilidad individual y social.
La propuesta de Potter (1998) ante la situación de falta de comunicación entre la cultura humanística y la científica era una solución consistente en fusionar en una tercera cultura los conocimientos sobre la naturaleza y los conocimientos sobre la conciencia. En la última década del siglo XX se encontró un punto común entre las dos culturas siendo este aspecto la crisis ambiental total. La crisis tiene dos partes: la primera y más seria es la que implica la muerte de millones de especies de plantas y animales y cientos de ecosistemas; la segunda es la amenaza a la seguridad de la cultura humana.
Con la bioética, se trasciende las propias disciplinas logrando crear un nuevo mapa cognitivo común sobre el problema en cuestión, es decir llegan a compartir un marco epistémico amplio y una cierta metodología que les sirven para integrar conceptualmente las distintas orientaciones de sus análisis. Cuando la bioética, asume una visión del saber transdisciplinario, introduce en su estatuto conceptual la teoría de la complejidad, sin la cual no podría articular procesos dialógicos en búsqueda de consensos razonablemente universalizables para resolver dilemas éticos comunes a personas y comunidades incluidas en dichos conflictos morales, respetando sus diferencias religiosas, culturales y demás cosmovisiones.
El triángulo de la vida de D’ambrosio, el trinitario recursivo de Morin y la Bioética de Potter son la base para la construcción de una epistemología de la vida para que el Ser humano genere y construya el conocimiento, y que la ciencia lo valide.
Estos límites éticos se consolidan en un marco epistemológico que establece principios fundamentales para orientar la generación del conocimiento en favor de la vida. Estos son todas las formas de vida.
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− |
Conciencia y respeto a la vida del individuo, de su sociedad, de su especie y de la naturaleza |
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− |
Conciencia y responsabilidad de su propia vida del individuo, de su especie, de su sociedad y de la naturaleza. |
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Acción comprometida en favor del bienestar del individuo, de su especie, de la sociedad y de la naturaleza. |
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− |
Congruencia entre la vida corporal, la vida mental y las relaciones con el entorno. |
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− |
Reflexión crítica basada en el respeto a |
No obstante, como advierte Morin (1984), no basta con tomar conciencia: "conciencia es responsabilidad". Esta responsabilidad, entendida como el reconocimiento de las consecuencias de todo lo que hacemos o dejamos de hacer sobre nosotros mismos y los demás (Amaro, 2016), implica actuar con coherencia. Por ello, se hace necesario integrar la conciencia con el hacer: ser congruentes en lo que se piensa, se siente y se ejecuta. Solo así es posible practicar una epistemología de la vida, una epistemología encarnada en el sujeto que vive, actúa y transforma. Ser epistemólogos vivientes de la vida implica comprometernos con su defensa en todos los niveles: personal, social y planetario.
El Triángulo de la Vida de D’Ambrosio, el trinitario recursivo de Morin y la Bioética Global de Potter constituyen, así, una base sólida para la construcción de una epistemología de la vida. Una epistemología que promueva la generación de conocimientos comprometidos con el respeto a la vida, la responsabilidad colectiva, la congruencia ética y la acción orientada al bien común y a la sostenibilidad planetaria.
Finalmente, como afirma Raynaud de la Ferrière (1974), no debemos reducir la valoración de la vida a su capacidad de reproducirse. La vida debe ser entendida en su sentido más profundo, como un campo sagrado de indagación y reverencia. "Las cosas llamadas sagradas son aquellas, precisamente, a las que se ha dotado de mayor vida". Por lo cual la epistemología de la vida también va ser necesaria para la mayor comprensión de lo sagrado y espiritual conceptuada actualmente por la Cosmología (Higgs, 1966) y la Mecánica cuántica (Boff, 2014), que será motivo para una próxima investigación.
• Para la construcción de la Epistemología de la Vida se necesita el método
Transdisciplinario: niveles de realidad, el tercer incluido y la Complejidad.
• Es necesario una epistemología de segundo orden para construir la
Epistemología de la Vida.
• La epistemología de la Vida, es un segundo nivel de realidad y tercer incluido, como: Principio ético de la Ciencia en que toda investigación e invención sea con respeto y conservación
de la Vida
• La generación de conocimiento debe estar fundamentada en la conciencia del respeto y la responsabilidad hacia la vida humana y no humana.
• La práctica de una epistemología de la vida permite evitar procesos autodestructivos en el ámbito físico, mental y relacional del ser humano.
• La Epistemología de la Vida contribuye también a reducir la destrucción planetaria y promueve una cultura del cuidado y la sostenibilidad.
• Para que esta epistemología sea practicada cotidianamente, debe haber una integración entre la conciencia y el hacer. Solo así se podrá aprender, como propone Morin (2015), el arte de vivir.
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Fecha de recepción: 21 de junio de 2025
Fecha de dictaminación: 27de octubre de 2025
Fecha de aceptación: 25 de julio de 2026
Fecha de publicación: 31 de julio de 2026