Pensamiento Crítico. Revista de Investigación Multidisciplinaria
Año 9, No. 17, Julio—Diciembre, 2023, pp. 11 – 22
https://www.doi.org/10.64040/t1x4qc74
La
salud mental no es sólo un asunto del cerebro
Mental health is not just a matter of the brain
Dolores Susana González Cáceres
Universidad Nacional Autónoma de México
Resumen
Este artículo critica la tendencia en las neurociencias a asignar atributos psicológicos al cerebro, explicando afecciones de la "salud mental" como depresión, ansiedad y fobias, como problemas exclusivamente cerebrales, lo que incurre en la falacia mereológica. La investigación sostiene que los estados mentales deben ser entendidos a través de la conducta contextualizada significativa de los individuos, no de su cerebro o mente. Se argumenta que esta errónea atribución proviene de confusiones filosóficas sobre la naturaleza de lo mental, el problema mente-cuerpo y el lenguaje psicológico. El trabajo se apoya en las perspectivas de Bennett y Hacker (2003) y Tomasini (2014), quienes abordan el problema desde una óptica "wittgenstainiana". Finalmente, se reflexiona sobre las implicaciones prácticas y bioéticas de esta visión en el contexto de la salud mental, tanto para los pacientes psiquiátricos como para otros seres vivos.
Palabras clave: mente, cerebro, atributos psicológicos, falacia mereológica.
Abstract
This article
criticizes the tendency in neuroscience to attribute psychological attributes
to the brain, explaining "mental health" conditions such as
depression, anxiety and phobias, as exclusively cerebral problems, which incurs
the mereological fallacy. Research maintains that mental states should be
understood through the meaningful contextualized behavior of individuals, not
their brain or mind. It is argued that this erroneous attribution
comes from philosophical confusions about the nature of the mental, the mind-body problem and psychological language. The work
is supported by the perspectives of Bennett and Hacker (2003) and Tomasini
(2014), who approach the problem from a "Wittgenstainian"
perspective. Finally, we reflect on the practical and bioethical implications
of this vision in the context of mental health, both for psychiatric patients
and for other living beings.
Keywords:
mind, brain, psychological attributes, mereological fallacy.
La polémica
El marco en el que se inserta esta exposición se nutre en parte tanto del
trabajo de Bennett y Hacker (2003) como del de Tomasini
(2014a), quienes, a su vez, desarrollan sus planteamientos con base en un
enfoque wittgensteiniano crítico, para el tratamiento
de ciertas aproximaciones que resultan problemáticas, ya que se sustentan en
concepciones filosóficas de la mente y del lenguaje, fundamentadas en el
cartesianismo.
Particularmente, Bennett y Hacker (2003) mencionan dentro de los capítulos
de Philosophical Foundations
of Neuroscience,
desarrollaron un capítulo titulado "La Falacia Mereológica
en las neurociencias". La publicación de la obra y este tópico en
particular causó gran polémica, sobre todo por el hecho de que los argumentos
de los autores fueron en contra de posiciones sostenidas tanto por filósofos de
la mente "consagrados" como, por ejemplo: D. Dennett y J. Searle; así
como por neurocientíficos cognitivos reconocidos como Crick, Edelman, Blackemore, Young, Damasio,
Frisby, Gregory, Marr y Johnson-Laird. Así que el
escrito de estos pensadores "se [trata] de un libro que recoge una
polémica actual y viva en torno a una serie de temas, como la ubicación de los
atributos psicológicos, la naturaleza de la conciencia y las relaciones entre
mente, cerebro y mundo [...]" (Nava, 2009, p. 176).
De hecho, la polémica puede leerse al
final del libro en los apéndices y ésta se desató básicamente porque el
planteamiento central de Bennett y Hacker consistió en sostener que:
El proyecto de la
neurociencia parte de la atribución de estados [mentales o] psicológicos al
cerebro, y que esta atribución involucra un equívoco [tanto lógico como
conceptual], pues no es posible investigar experimentalmente si [es] el cerebro
[el que] piensa, cree o razona [o siente o sufre, etc.][...Por
ello], advierten que antes de emprender cualquier investigación experimental es
preciso llevar a cabo un esclarecimiento conceptual (Nava, 2009, p. 177).
Nava (2009) menciona que luego de ser criticado, Bennett especificó que
jamás cayó en algo tal como "la falacia mereológica"
y argumentó a favor que su trabajo implicaba un procedimiento gradual de "
'atribuir a una semi-proto-cuasi-pseudo
intencionalidad a las partes mereológicas de las
personas' pues éste permite estudiar a las personas como sistemas completos a
partir de una comprensión parcial y mecánica de sus partes" (Nava, 2009,
p. 178).
Más adelante, Nava (2009) menciona que Bennett calificó a Hacker de ser
"cómicamente ingenuo" y lo compara con un gramático "chapado a
la antigua" y considera que los planteamientos filosóficos de Hacker son
obsoletos, por lo cual propone limitarlos y ponerlos debajo de la alfombra,
aunque prefiere dice darles una adecuada sepultura. Como puede
observarse lo único que podría decirse es que Dennett cae nuevamente en una
falacia cuando de argumentos filosóficos en contra de Hacker se trata, y es la
famosa ad hominem, pero, como ésta no es el tema central de este
artículo, esta investigación se limitará a mencionar este suceso sólo como
parte de la polémica que se desató. Por su parte, la contraargumentación
de Searle en contra de la perspectiva wittgensteiniana
de Bennett y Hacker (2003) se centró en sostener que "es preciso
distinguir entre la existencia de estados mentales y la posibilidad de hablar
sobre ellos" (p. 179), pues para Searle el hecho de que se manifieste o no
en la conducta, por ejemplo, el dolor, es irrelevante para su existencia.
En este caso, para Bennett y Hacker
(2003) resulta que la atribución que hacemos de 'estados mentales o
psicológicos' vienen dados únicamente por la conducta; es decir, con la
reacción que observamos por parte del sujeto en público, no se recurre a su
'experiencia interna' o a su cerebro o mente. Por ello "Bennett y Hacker
concluyen que los fenómenos mentales no pueden existir en los cerebros, dado
que el cerebro no es capaz de desplegar [...una conducta] observable"
(Nava, 2009, p. 178).
Y es aquí en donde encuentro el punto
nodal del asunto: la crítica que hicieron en su momento Bennett y Hacker (2003)
en el área de las neurociencias se puede extender al campo de la psiquiatría,
pues algunos especialistas de esta especialidad médica al referirse a la salud
mental también atribuyen erróneamente predicados de atributos psicológicos o de
estados mentales al cerebro.
La salud y los desórdenes mentales
Antes de explicar en qué consiste la falacia mereológica,
es preciso acotar qué se entiende por salud mental y cuándo se dice que alguien
es un enfermo mental o sufre de algún desorden mental, de acuerdo con el uso
común en el lenguaje natural que se hace de dichas nociones; es decir, sin
entrar en descripciones científicas, técnicas o médicas. De modo que se
estipulará que la salud es el estado en el cual un ser humano o un animal
pueden ejercer todas sus funciones físicas y fisiológicas adecuadamente, porque
no tienen problemas físicos, psicológicos o mentales y, por ende, pueden
desarrollarse y conducirse en sus diversos contextos en ausencia de
enfermedades que pongan en riesgo su vida.
La noción de salud mental como tal para los propósitos de este trabajo
aplicará sólo para los seres humanos, pues por el momento, no es el propósito,
debatir si los animales cuentan o no con una mente, como ya se ha debatido
dentro de diversas posturas bioéticas. Aclarado este punto se puede, entonces,
preguntar cuándo se dice que alguien es saludable mentalmente. De entrada, se
puede decir que quien goza de salud mental es alguien que no tiene
enfermedades, problemas o desórdenes mentales que le impidan desarrollarse como
una "persona normal".
Ahora bien, aunque lo anterior se sobreentiende comúnmente, lo cierto es
que al definir lo anterior surge otra pregunta: ¿Qué se entiende por "ser
normal" o "anormal" mentalmente hablando? Para aclarar es
preciso notar que la normalidad es una noción que se comprende sólo a partir
del contexto en el cual se desenvuelven los seres humanos. Además de que la
normalidad es una característica que se remite estrictamente a la conducta de
las personas.
Por ejemplo, si en la casa de una
persona saben que es normal que ésta saque a pasear al perro todos los días, se
dirá que actúa de forma normal y que sus facultades mentales concuerdan con lo
que se espera que haga todos los días. Sin embargo, un día dicha persona
comienza a sacar a pasear a su computadora (con arnés y correa) todos los días
durante algún tiempo, entonces sus parientes y vecinos sospecharán de su
accionar y de su conducta, pues probablemente la considerarán como anormal.
Así, en general, entendemos que un enfermo mental es aquella persona que actúa
anormalmente en determinados contextos, ya sea por daño cerebral o por
afecciones psicológicas.
Ahora bien, es preciso aclarar que este
artículo se enfocará sólo en la salud mental de las personas que no tienen
alguna anomalía o daño cerebral; es decir, que el interés radica en esbozar de
forma llana cómo es que algunas de las descripciones o planteamientos
referentes a las afecciones o desórdenes mentales como la depresión, la
ansiedad o las fobias, pueden ser abordadas desde las neurociencias y la
psiquiatría, desde un particular ángulo, como un problema meramente cerebral,
con lo cual se incurre en la falacia mereológica1.
Asimismo, cuando se haga referencia en
general al enfermo mental se hará alusión solamente a aquellas personas que
padecen depresión, ansiedad o fobias, padecimientos que trata el psiquiatra
muchas de las veces con fármacos, pero las cuales, en sentido estricto, no
tienen como tal una causa física debida a algún tipo de daño irreversible, ya
sea cerebral o del sistema nervioso, más allá de las someras descripciones que
se ofrecen desde las neurociencias, con base en explicaciones que apuntan a
fallas de tipo bioquímico o a la anómala función de los neurotransmisores.
A pesar de las clarificaciones
anteriores, sigue quedando un resquicio acerca de qué se entiende por
mentalidad o por mente. Es entonces cuando se toca terreno filosófico,
pues es ahí desde donde se han planteado las preguntas filosóficas tradicionales
sobre: qué es la mente; existe o no existe la mente; dónde se ubica la mente;
si es que existe o no, tiene forma de ser localizada; cuál es la relación entre
la mente y el cerebro; son idénticos el cerebro y la mente; es la mente un
producto del cerebro, etc.
Tomasini (2014a) menciona en Tópicos Wittgensteinianos, todos estos cuestionamientos están
enraizados y conectados con temas como la naturaleza de lo mental, el
autoconocimiento, el problema mente-cuerpo y las peculiaridades del lenguaje
psicológico, entre otros, lo cual representa una "fuente inagotable de
enredos filosóficos", provocados por una tergiversación conceptual. Es así
como resulta urgente tratar dichas problemáticas desde una perspectiva wittgensteiniana, por ello, a continuación, se señalará,
cómo se entiende la noción de “mente" o "mentalidad" desde este
enfoque.
En su artículo Mi mente, mi cuerpo y yo, específicamente en el
apartado III, Tomasini (2014b) trata el tema de la
"mente" y las "adscripciones mentales". Aquí, el autor
explica que la palabra "mente" en la lengua española tiene ciertas
aplicaciones en el lenguaje natural, fuera del uso filosófico, por ejemplo:
“a) tiene una mente ágil (lo cual
significa que alguien responde o reacciona velozmente); b) nunca me pasó por la
mente (lo cual significa que alguien nunca pensó en tal o cual cuestión); c) la
tenía siempre en la mente (lo cual significa que constantemente alguien se
acordaba de una mujer), d) él tiene graves problemas mentales (lo cual
significa que alguien es una persona conflictiva); o e) mi mente está bloqueada
(lo cual significa que está en un estado de confusión o titubeo)” (pp.
208-209).
Así, Tomasini (2014b) clarifica que el sustantivo
'mente' tiene diversas funciones y no expresa como tal el nombre de una cosa o
de algo, sino que más bien sirve para matizar diversos estados, facultades o
procesos humanos, con el fin de contrastarlos con lo físico.
Dado que hablar de la mente es una forma de hablar que se presta a la fácil
distorsión filosófica, nosotros en lugar de hablar de "la mente" a
secas hablaremos más bien de estados mentales, asumiendo que en su variedad y
totalidad conforman eso que llamamos 'mente'. [Así], la pregunta original [...]
de ¿qué es tener una mente? [se transmuta a] ¿qué es tener o estar en un estado
mental? Por el momento y yendo en contra de las formas normales de hablar, por
'estado mental' entenderé cosas como sensaciones, pensamientos, creencias,
ilusiones, dudas, expectativas, imágenes, deseos y cosas por el estilo. De esta
simple lista podemos inferir que la respuesta a la pregunta de qué es tener un
estado mental variará dependiendo de la clase de estado mental a la que nos
refiramos y que no hay ni puede haber una única caracterización. Por otra parte
[...] está la inquietante pregunta de quién o qué tiene estados mentales [...]
si soy yo quien tiene sensaciones, deseos y demás, y cuando doy expresión a mis
estados mentales uso el pronombre persona 'yo' [...entonces es notable que] el
asunto es de reglas de aplicaciones de palabras, no de convicciones subjetivas,
por fuertes que sean" (Tomasini, 2014b, pp.
209-210).
En este sentido, Tomasini (2014b) enfatiza que
cuando adscribimos estados mentales no se está llevando a cabo un uso
filosófico tergiversado de las expresiones antes mencionadas referentes a los
estados mentales, pues en el lenguaje natural "el calificativo 'mental' es
usado para sugerir que estamos quizá en presencia de alguna clase de
descompostura o de anomalía en la vida psíquica de alguien" (Tomasini, 2014b, p. 210).
En otras palabras, cuando alguien tiene
una conducta sospechosa o criticable o cuando se refiere a estados emocionales
intensos como la irritación extrema, la ansiedad o el nerviosismo, se dice que
se tienen problemas mentales o que hay un particular estado mental en el que se
está, respectivamente.
Así, cuando se quieren adscribir estados mentales a alguien se debe
recurrir a la observación de su conducta. Tomasini
(2014b) señala que Wittgenstein reparó claramente en este hecho, pues cuando se
dice que alguien que piensa, que cree, que desea, que imagina, que siente, lo
puede hacer sólo porque se ve la conducta del sujeto, la cual no se refiere
sólo a su actividad física, sino que es significativa e intencional dada en un
contexto determinado de actuación en donde también adquieren importancia los
objetivos del hablante.
Cuando le adscribimos a alguien dolores, recuerdos, imágenes mentales [...]
lo hacemos con base en criterios y [...] lo que describimos es conducta
contextualizada y por lo tanto significativa. Podemos decir significativamente
de alguien que le duele la muela porque nos lo dijo, porque tiene la cara
hinchada, porque viene del dentista, porque le huele mal la boca, etc. No
tenemos que penetrar en su cráneo [o en su cerebro] para saber qué le pasa (Tomasini, 2014b, p. 212).
Con respecto a las denominadas autodescripciones, Tomasini
(2014b) deja claro que éstas como tal no ocurren, ya que cuando las personas
expresan algo en primera persona realmente no se están adscribiendo algo a
ellos mismos, sino que están llevando a cabo un reporte de lo que les ocurre,
de lo que sienten, de lo que desean, hacen más bien un informe, puesto que no
describen nada, pues son estos quienes lo expresan y ello no implica que
eso de lo que hablan acerca de ellos mismos es algo que poseen o que les
pertenece, pues "no hay un 'sujeto' a quien buscar aparte de la persona a
quien señalamos cuando ésta [se] expresa" (Tomasini,
2014b, p. 215), porque el que la persona tenga dolores, expectativas, deseos,
recuerdos y, en general, estados mentales, no quiere decir que esta pueda
perderlos, extraviarlos, regalarlos, enajenarlos o venderlos, puesto que no
está apuntando a algo que implique posesión, como tal. Es decir que no hay un
carácter referencial cuando expresa sus estados mentales, pues más bien informa,
llama la atención o "anuncia que algo le pasa" (Tomasini,
2014b, p. 216).
La falacia mereológica
Con lo anterior queda claro, entonces, que cuando se adscriben estados
mentales, en tercera persona, a otros seres humanos se hace referencia a su
conducta contextualizada significativa y no a su cerebro o a su mente. Y es en
este sentido que versa el capítulo de Bennett y Hacker (2003), el cual se
menciona en la introducción de este artículo titulado "La polémica" y
con respecto a la falacia mereológica.
A continuación, se explicará sucintamente en qué consiste dicha falacia.
Antes es preciso recordar que una falacia sobreviene siempre en un contexto
argumentativo y es un argumento falaz o erróneo. Por otro lado, la mereología
se refiere al estudio de las relaciones entre partes, ya sea de éstas con el
todo o de las partes con otras partes. Así, la falacia mereológica
en la cual "caen" algunos psiquiatras cuando atribuyen predicados de
estados mentales es de tipo informal y se clasifica dentro de las de transferencia
de propiedades, pues específicamente corresponde a la de división, la cual
consiste en su primera versión en transferir propiedades de (1) una cosa
(considerada como todo) a sus partes. Su forma sería la siguiente:
1. T es P
2. Las partes o alguna parte de T es p1, ... pn.
Por lo tanto, p1, ... pn tienen la
propiedad P.
Ejemplo:
1. Cualquier sujeto tiene cerebro
2. El cerebro del sujeto es el que
piensa, siente, cree.
Por lo tanto, pensar, sentir, creer son
acciones que lleva a cabo el cerebro.
Otra variante de dicha versión, explican
Herrera y Torres ocurre "cuando se intenta transferir una o más
propiedades, de la totalidad a cada uno (sic) de sus partes [...se trata] de
apelar a rasgos de una estructura para dar a entender que pueden aplicársele a
cada una de sus partes" (Herrera & Torres, 1994, pp. 36-37).
Una de las esquematizaciones propuestas
por estos autores es la siguiente:
(1) Del todo a sus partes
Si T es un todo y p1... pn son sus partes
o p1 es cualquiera de ellas, y además P es una propiedad dada, entonces la
falacia tiene la forma siguiente:
T es P
________________
Por lo tanto, p1 es P…, y pn
es P (o p1 es P)
Ejemplo:
El humano es un ser pensante, creyente y
sintiente
_________________________
Por lo tanto, su cerebro es pensante,
creyente y sintiente
En este sentido es que Bennett y Hacker (2003) sostienen que la adscripción
de atributos psicológicos al cerebro es un error, pues además de caer en la
falacia mereológica, también se sostiene una postura
fundamentalmente cartesiana, en donde se considera que hay una distinción y
separación tajante entre la mente y el cuerpo, adscribiendo estados
psicológicos a la mente.
Al respecto, Bennett y Hacker mencionan cómo las primeras dos generaciones
de neurocientíficos, en el mismo sentido que Descartes, adscribieron atributos
a la mente. Mientras que la tercera generación, lo único que hizo fue cambiar
la noción de mente por la de cerebro o por partes, áreas o zonas de éste. Fue
así que comenzaron a adscribir equívocamente
predicados de atributos psicológicos, con lo cual se produjeron algunos nuevos
tipos de reduccionismos.
Así, por ejemplo, suele decirse que el
cerebro tiene experiencias, que cree cosas, que interpreta frases con base en
información que recibe o que hace suposiciones. Es decir que los
neurocientíficos asumen que el cerebro cuenta por sí mismo con capacidades o
facultades cognitivas, cogitativas, perceptuales y volitivas. Debido a que la
psiquiatría es una especialidad o un área de la medicina que se nutre de los
avances tanto de la medicina, como de la psicología y de la neurología, entre
otras ciencias, es entendible que también algunos psiquiatras hagan uso del
mismo error, pues replican lo dicho desde las áreas de las que aprenden cuando
señalan que el cerebro es responsable de los estados mentales.
Ahora bien, Bennet y Hacker como ya se
mencionó, enfatizan que cuando los neurocientíficos dicen que el cerebro conoce
cosas, razona inductivamente, construye hipótesis con base en argumentos y que,
en consecuencia, se puede decir también que por ello las neuronas son
inteligentes porque tienen conocimiento o son capaces de estimar la
probabilidad de la ocurrencia de ciertos acontecimientos, es evidente que se
debe cuestionar la inteligibilidad de este tipo de adscripciones otorgadas ya
sea o al cerebro o a partes constitutivas de éste. En este sentido y siguiendo
a Wittgenstein, estos autores expresan que más bien son las personas quienes
producen conocimiento, ven cosas, toman decisiones, interpretan datos, hacen
suposiciones, estiman probabilidades, presentan argumentos, clasifican y
categorizan sucesos a partir de sus experiencias, tienen dudas y respuestas;
puesto que también son ellas quienes a través de un lenguaje se representan y
expresan cosas, y no debido simplemente a sus cerebros o a las partes de éste.
Además, todas esas acciones o
actividades pueden observarse a través de la conducta de los seres humanos,
pues dichos atributos son sólo aplicables a éstos. De ahí que aplicar estas
adscripciones al cerebro da como resultado una confusión conceptual. Frente a
este panorama, entonces, surge la pregunta sobre por qué algunos
neurocientíficos o algunos psiquiatras adscriben al cerebro predicados con
atributos que no le corresponden, la cual es de carácter filosófico y no
científico, pues la preocupación central tiene que ver con exigir una
clarificación conceptual, debido que es un sin sentido adscribir este tipo de
atributos al cerebro. De modo que, como se especifica en las Philosophical Investigations:
"only of a human being and what resembles (behaves like) a living human being can one say:
it has sensations, it sees, is
blind, hears, is deaf, is
conscious or unconscious" [Solo de un ser humano y de aquello que
se asemeja (se comporta como) a un ser humano vivo se puede decir: tiene
sensaciones, ve, es ciego, oye, es sordo, es consciente o inconsciente]
(Wittgenstein, 1953, § 281, como se cita en Bennett y Hacker, 2003, p. 71).
Los autores también enfatizan que con dichas adscripciones se producen
falacias mereológicas, las cuales degeneran en una
forma de cartesianismo. Es decir que al adscribir atributos psicológicos o
estados mentales a la mente o al cerebro y no al ser humano, se incurre en un
dualismo, tal como en su momento incidió Descartes, al separar a la mente del
cuerpo; la única diferencia es que ahora desde las neurociencias o la
psiquiatría se adjudican este tipo de atributos al cerebro en lugar de la
mente, sin darse cuenta de que no se puede decir que es éste quien es
consciente, ciego, que ve, que siente, etc.
De hecho, como también mencionan Bennett
y Hacker (2003), en otras disciplinas como la lingüística o la filosofía del
lenguaje se siguen sosteniendo posturas cartesianas. Un ejemplo de ello son algunos trabajos de “Noam Chomsky and his followers or associates resort to reductionism when proposing the
mind/brain notion, which serves as the basis for his generative grammar and
other linguistic theories, explaining that the mind and the brain are one and
the same entity”. [Noam Chomsky
y sus seguidores o allegados, quien llevando recurre al reduccionismo cuando
propone la noción mente/cerebro, desde donde fundamenta su gramática generativa
y otras teorías lingüísticas explicando que la mente y el cerebro son una y la
misma entidad] (p. 104).
Our point, then, is a conceptual one. It
makes no sense to adscribe psychological predications
(or their negations) to the brain, save metaphorical
or metonymically. The resultant combination of words does not say something
that is false, rather, it says nothing at all, for it lacks sense.
Psychological predicates are predicates that apply essentially to the whole
living animal, not its parts.
[Nuestro punto, entonces, es de
naturaleza conceptual. No tiene sentido atribuir predicados psicológicos (o sus
negaciones) al cerebro, salvo de manera metafórica o metonímica. La combinación
resultante de palabras no dice algo que sea falso; más bien, no dice nada en
absoluto, ya que carece de sentido. Los predicados psicológicos son predicados
que se aplican esencialmente al animal vivo en su totalidad, no a sus partes] (Bennett y Hacker, 2003, p. 72).
Es en este sentido los autores sostienen que de acuerdo con un principio mereológico (de las relaciones entre las partes y el todo o
el conjunto) es que desde las neurociencias se comete el error, al adscribir
predicados psicológicos al cerebro, cuando éstos sólo aplican para seres
humanos o animales y donde resulta ininteligible aplicarlos sólo a sus partes,
como por ejemplo el cerebro, o a partes de éste, como por ejemplo las neuronas.
Para finalizar con este apartado, es necesario comentar que Bennett y
Hacker (2003), replicaron las objeciones que se les hicieron con respecto al
tema de la falacia mereológica en las neurociencias,
pues algunos de los criticados explicaron que en realidad no estaban cometiendo
ninguna falacia al predicar atributos psicológicos o estados mentales del
cerebro. Debido a que no es el propósito ahondar en esta cuestión, baste decir
que las objeciones defensivas giraron en torno a decir que: a) sus palabras no deberían
ser tomadas en sentido literal; b) lo que hacían era usar homónimos o
analogías, en donde el significado de los predicados no es el ordinario sino
más bien técnico; y c) hacían uso del lenguaje en un sentido metafórico o
figurativo.
Ante estas objeciones, Bennett y Hacker concedieron que si fuese sostenible
la defensa de los criticados, entonces resultaría cierto que no eran culpables
de cometer la falacia mereológica; sin embargo
replicaron cada una de las objeciones y mostraron en contraposición que: a) no
había evidencia factual que demostrará que los neurocientíficos estaban usando
el lenguaje psicológico con términos técnicos en donde se estipulara en sentido
especial con el cual eran usados; b) si se lleva a cabo un mínimo análisis, se
puede ver que lo que llaman homónimo en realidad son convenciones
representacionales con respecto a correlaciones causales; y c) a pesar de que
en la ciencia es evidente que se usan metáforas, lo cierto es que los usos o
procedimientos de su uso no corresponden con la manera en la cual se están
adscribiendo los predicados que contienen atributos de estados mentales o
psicológicos, pues no se ve claramente cuál es la metáfora o las figuras
retóricas establecidas y el porqué de su utilización en sus enunciados o
descripciones científicas.
La industria farmacéutica y la
psiquiatría
Por lo anterior, ha quedado claro que la falacia mereológica
es tanto un equívoco lógico como un problema de orden conceptual afianzado en
las neurociencias. Más allá de esto, en este apartado me interesa mostrar que
dicho error tiene implicaciones tanto para el paciente psiquiátrico en su
tratamiento como para los animales que son usados con fines de investigación
por parte de las neurociencias, la biomédica, la psiquiátrica o la psicología.
Así, dicho sea de paso, considero que éste es un tema aledaño a la exposición
anterior digno de reflexión, pues si se parte del hecho de considerar que quien
sufre, cree, siente, etc. es el cerebro, evidentemente cuando se llevan a cabo
experimentos por parte de la industria farmacéutica en sus laboratorios con
animales con el fin de producir fármacos para tratar las enfermedades mentales,
habrá un sesgo desde el planteamiento mismo del problema y de las hipótesis.
Sin caer en un absurdo anclado a una
teoría de la conspiración, lo cierto es que distintos laboratorios en el mundo
llevan a cabo experimentos con animales a quienes se les practican distintos
experimentos o se les "convierte" en transgénicos de un elevado
costo; es decir, se les provoca "una enfermedad mental", a través de
la manipulación de su cerebro, en aras del avance de la ciencia y todo ello sin
tomar en cuenta que los animales también son seres vivos y no sólo cerebros. La
cuestión que aquí delineó por supuesto que puede dar para otro escrito y se
enmarca en los debates de la bioética u otras áreas de la filosofía, pero no es
el fin adentrarnos en ello, más bien la mención me sirve sólo para apuntalar
que:
1. Si se parte del hecho de que de entrada
los protocolos de investigación y sus respectivas aprobaciones se basan en una
falacia mereológica, es preocupante que al llevarse a
cabo cualquier tipo de experimentación en los laboratorios del mundo, donde se
desarrollan fármacos para el control de las enfermedades mentales, habrá un
serio problema ético con respecto al uso de los animales de los que se sirve la
industria farmacéutica para sus objetivos comerciales, puesto que se les verá y
tratará como simples cerebros separados de un contexto y no como seres vivos
completos. En este caso, cabría el cuestionamiento directo a la labor hecha por
algunos de los laboratorios e institutos en el mundo que producen animales
transgénicos con el objetivo de desarrollar medicamentos para "curar"
ciertas enfermedades mentales, como: Jackson Laboratory,
Sage Lab, Delta One y
el National Institute
of Mental Health.
También cabe mencionar que se han dado casos en donde algunos fármacos luego de
haber pasado por todos los procedimientos y fases para ser patentados y
comercializados salen a la venta y no funcionan, debido a que no existe como
tal una relación 1 a 1 entre los cerebros de los animales y el cerebro humano.
2. De cualquier manera, aunque se
experimente y se maten a millones de animales en el mundo con el fin de la
obtención de determinado fármaco para el tratamiento de alguna enfermedad
mental, esto no implica que el enfermo se va a curar y ello porque más bien lo
que se hace es controlar al enfermo físicamente. Por lo tanto, resulta una
práctica sumamente inútil, en algún sentido, la de matar animales cuando el
objetivo, que es la cura del paciente, no puede depender sólo de ciertas
sustancias para controlar su cerebro.
3. Con base en las apreciaciones que
Mendelsohn (1983, introducción) sostiene en la introducción de la obra Matanza
de inocentes: Los animales en la investigación médica de Ruesch (1983) con respecto al tema de la vivisección en
medicina, éstas se pueden ampliar al campo de la psiquiatría y lo mismo se
puede sostener con respecto a la experimentación con animales, en el sentido de
que ésta es un rito fundamental de la investigación biomédica hecha en diversos
laboratorios del mundo con fines netamente comerciales donde se sacrifican
animales a destajo por todo el mundo, donde también se producen animales
transgénicos, provocándoles "enfermedades mentales" que no deberían
tener de manera natural, para luego ser vendidos en miles de dólares, para que
tanto en bioterios como en laboratorios se lleve a cabo determinada
investigación, con el fin de patentar cierto fármaco que más tarde será vendido
en el mercado y que redituará muchas ganancias para la industria farmacéutica.
4. De lo anterior, debe quedar claro que la
adscripción adecuada de atributos psicológicos o de estados mentales aplica
para el paciente y no sólo para su cerebro. Por ello, la enfermedad mental de
un paciente no es sólo un asunto de su cerebro o de su mente, ya que como
sujeto es un ser completo, enfermo sí; pero su enfermedad es un asunto
multifactorial, pues desde cierta postura científica, se tiene la errada
creencia de que el control físico del paciente psiquiátrico, a través de
fármacos que regulan su cerebro, implica la recuperación de la salud mental del
enfermo, sin entender que a través de un tratamiento solamente físico no se
logrará la cura del paciente, pues en la base de algunos de los problemas
psiquiátricos lo que encontramos son factores externos al sujeto (pasado,
experiencias, medio ambiente, etc.) y que no dependen solamente del cerebro.
5. Así, aunque desde la psiquiatría o desde
la llamada psiquiatría social, la cual toma en cuenta a diversos factores por
los cuales el paciente ha sido afectado, se han puesto en práctica para la
recuperación del enfermo algunas modalidades de tratamiento dadas no sólo a
través de fármacos sino junto con psicoterapias de distinto tipo que van desde
las conductuales, las cognitivas, las cognoscitivas, las familiares, las de
grupo, las enfocadas en niños y adolescentes, lo cierto es que mientras haya un
enredo conceptual y una doble incomprensión del lenguaje: a) tanto del que usan
el psiquiatra, el psicólogo o el terapeuta al describir o referirse a la
enfermedad del paciente; b) como el que el propio paciente usa cuando comunica
sus problemáticas, entonces la del psiquiatra seguirá siendo una tarea
inacabada que no proporcionará la cura del enfermo mental.
Conclusiones
Con el panorama ofrecido, se puede notar cómo es que algunas de las
afecciones de la denominada "salud mental", como la depresión, la
ansiedad o las fobias, pueden ser descritas o explicadas desde las
neurociencias y la psiquiatría, a partir de un particular ángulo, como un
problema meramente cerebral, con lo cual se incurre en la falacia mereológica. En el fondo, lo que encontramos una vez más es
lo que se conoce como el problema filosófico 'mente-cuerpo', instaurado por el
cartesianismo, y es éste el que lleva al error de considerar que los estados y
los procesos mentales pueden explicarse en términos de estados físicos.
Asimismo, en relación con lo anterior,
apuntalé brevemente la cuestión de cómo es que esta aproximación hacia la salud
mental puede tener implicaciones prácticas y bioéticas, tanto para el paciente
psiquiátrico como para otros seres vivos, ya que, como señalé, algunos de los
laboratorios en el mundo experimentan con animales transgénicos con el objetivo
de patentar y comercializar medicamentos psiquiátricos desarrollados con base
en la creencia de que el control físico del paciente psiquiátrico, a través de
fármacos que regulan el cerebro, implican la recuperación de la salud mental
del enfermo, sin entender que a través de un tratamiento solamente físico no se
logrará la cura del paciente, pues en la base de algunos de los problemas
psiquiátricos lo que encontramos son factores externos al sujeto (pasado,
experiencias, medio ambiente, etc.) que no dependen del cerebro ni tienen nada
que ver con él. De modo que quisiera finalizar este artículo con la siguiente
reflexión: pareciera, por lo antes dicho, que la medicina, la psiquiatría y las
neurociencias están encaminadas más que a la vida, a la salud o al bienestar
del enfermo, hacia la muerte.
Referencias
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